Él se tumbó en el césped húmedo y recién cortado, cerró los ojos y ... ese olor, esa humedad y ese cielo ... eran los mismos con los que solía corpartir sus noches de verano. Las noches de verano de esos años en que las cosas huelen a algo por primera vez.
Era su espacio, si; descubrió que su espacio vital estaba fuera de su espacio habitable. Esa fantástica casa de diseño que un dia fue un hogar. Tardó en descubrirlo; los humos, resacas y la oscuridad del invierno le daban otras sensaciones. Pero no eran del todo suyas. Eran sensaciones de alquiler ... cualquiera podía adquirirlas.
Ahora él sabía que era él mismo otra vez. Si apretaba con ambas manos un puñado de césped, cerraba las ojos para olerlo y al instante los abría. Allí seguía estando la Osa Menor y en su extremo todavía brillaba la Estrella Polar.
Dedujo entonces, que al igual que las bóvedas de las catedrales góticas se alzaban geométrica e implacablemente oscuras y nervadas, provocando la sumisión del peregrino hacia lo que estas ocultan; su arquitectura profesional y vital le había colocado unos atractivos pero opacos techos, que le impedían reencontrarse con todo ese espacio liberado hasta el cielo. Ese espacio donde se podía localizar la inamovible referencia de la Estrella guia y otros astros geométricamente perfectos que ofrecen refugio y orientación a los que no tienen techo ni rumbo ...
Se felicitó al menos por que su casa contaba con un lucernario, que conectaba el interior de su jaula de oro con toda esa astronomia razonable ... y se durmió profundamente en el pasillo bajo ese lucernario que le encañonaba con luz de luna.
martes, 10 de mayo de 2011
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